Amar y dejar morir

Desde pibita que hallé en el amor de compañeres un territorio de revelaciones y aprendizajes. Cada vez que se daba una conexión especial con alguien, ahí estaba yo, dispuesta a ver qué surgía de ese vínculo: qué me movía, qué movía en la otra persona, qué podíamos crear a partir de ese desequilibrio.

Me acuerdo que me encantaba ver todo, las luces y las sombras, y que cuanto más sentía e interpretaba, más me tenía que abrir a cierta aceptación de la complejidad… a buscar respuestas prácticas y simples, en pos de que no se trabara todo con tanta info.

Eso siempre me pareció clave: poder abrirme y dar lugar al otre a abrirse, y buscar las maneras (infinitas) de vincularnos entre ese punto y el extremo de cerrarse a portazos por no poder gestionar la complejidad que somos.

Me resultaba necesario romper con las simplificaciones a las que a veces, en nombre del amor, nos reducíamos. Vincularnos más a cielo abierto, con menos miedo y más determinación, en todo caso, si de cuidarse se trataba.

El amor podía nacer, crecer y morir. Y dejarlo morir se volvía un acto hermoso: una especie de última escena que liberaba, que te dejaba tecleando pero virando para un lugar distinto.

Esa visualización de no atadura, recuerdo, me hizo respetar muchísimo este territorio y confiar en que el amor —aunque no tenga sentido definirlo— iba por rutas muy distintas a las más circuladas y promulgadas.

Entendí las dificultades que conllevaban estas inquietudes, pero hasta el día de hoy me siguen brindando las enseñanzas de vida más memorables. Y espero poder seguir siempre, siempre, expresando esta búsqueda por relaciones genuinas, con apertura y entrega, donde la libertad no se aplaque sino que potencie; donde la responsabilidad, los ánimos deconstructivos y constructivos, el juego y la improvisación sean la base para vivenciar lo que sea que dure el tiempo vital juntes.

No es que crea que siempre se pueda o se tenga que terminar bien. Pero en la medida en que haya afecto y ganas de sentirse piola, qué importante es dejarse morir, ¿no es cierto? Qué importante animarse a cortar a tiempo, de no volverte un postrecito rancio, un intento infinito, un recuerdo de felicidad en plena tristeza.

Dejarse morir y acompañarse en ese dolor; gestualizar el amor apelando a la distancia, a lo necesario, a lo poco que tenga vida en ese momento. Actuar a tiempo, rescatar la única hoja verde del potus moribundo, confiar en la agonía y el desafío. No va a ser lo mismo: va a ser, probablemente, aún mejor.

Ver a una persona con quien compartiste tanto —cogiste tanto, cocinaste tanto, viajaste tanto, escribiste tanto— plenamente agradecide de haber transitado junto a vos y de haber cortado la relación con vos… puf. No puede no hacerte pensar que vale la pena la valentía.

Y poder hacerlo habitando de nuevas maneras los espacios y trayectorias compartidas.

Es como un abrazo a lo que se movió y jamás volverá a ser igual: una mano conocida y de confianza para lo que sea que venga. Seguir la vida, a conciencia de que esa experiencia ahora te constituye.

Comentarios