Camiones, armas y dioses
El día que conocí al Bochi, la ruta estaba estallada y apelé a la táctica del cara a cara. Odio las filas, odio la sumatoria del sol sin tregua, odio los carteles. Eran las 12 del mediodía y una hora antes había llegado un tren, así que era todo un quilombo. Yo justo estaba descansando de hacer dedo, me había puesto a bailar tango con un chabón, más que un tango una cumbia, bah, no sé, era un intento inicial que iba variando. Se ve que el Bochi me vio tirando puntas antes y se acercó a preguntar a dónde iba. Fa, loco, qué felicidad. Me dijo que le dieron ganas de viajar conmigo cuando me vio bailar.
Subo al Scania, una bestia de la ruta, subirse es como trepar a un caballo. Arriba está todo impecable. Rico olor, tachito de basura, parlantes piolas, garrafa y equipo de mate entre medio de los asientos, la foto de un nene colgando del espejo retrovisor, un colchón atrás con mantas bien acomodadas. Suena El final es en donde partí de La Renga. La distingo al toque porque era una canción típica de mi juventud. Tipo entusiasta el camionero. A pesar del comienzo triunfal que tuvimos, lo miro midiendo cada movimiento y cada cosa que dice. Me esperan 670 km con él y en estas situaciones nunca se puede ceder del todo: el estado no es paranoico, pero sí alerta.
—Bueno, flaca, contame, ¿qué hacés sola? ¿Cómo te llamás? A mí me dicen el Bochi, pero mi nombre es Diego. Soy de Berazategui, papá.
Le contesto y, ante un par de intentos de desarrollar algo, me doy cuenta de que siempre vuelve a sí mismo, cambiando de tema y empezando una nueva historia. Asumo que va a ser así la movida, por lo menos al principio: él propone, yo sostengo. Me cuenta que él, en Beraza, maneja en moto y anda armado. A su padre lo asesinaron en un robo cuando era chiquito y lo vio todo, detrás de un árbol. Jamás va a olvidar esas caras. Dice que ese es el motivo por el cual hoy sale armado, para tener con qué darles un tiro en la cabeza si los encuentra en alguna parte.
No puedo responder de inmediato, siento que tengo que tener tacto, no decir de más, que tengo que observarlo porque recién lo estoy conociendo. Ni siquiera hay mate para amortiguar la situación. Me dijo que todavía no quiere, que con agua está bien, que en un rato sí. Me doy cuenta de que necesita hablar y que hoy fui su oreja elegida.
Suspiro y le digo que no sabría qué hacer con tanto dolor, que siempre me afronté a muertes por enfermedades, vejez o accidentes, pero nunca muertes en marcos de crimen. Chista con la lengua, como diciendo “es lo que hay”. Avanzamos en silencio unos minutos, el primer silencio en lo que va del viaje. Me siento un gigante acá arriba, como poderosa, imponiendo respeto con solo pasar. Pruebo con bajar la ventanilla y apoyar el antebrazo como hacen ellos, los camioneros. El sol me pega justito y entiendo por qué vi tantos bronceados tan mal. Seguro que a mí también termina pasándome.
—¿Sabés que levantar chicas en un camión es un problemón? —me pregunta—. Con vos me doy cuenta de que está todo bien, pero es un tema, flaca, porque a veces te quieren robar y te sigue algún tipo atrás, te juro, me ha pasado, te hacen la cama. Y ni que hablar que siempre tenés la amenaza de que piensen que te las querés garchar y después armen problema con los padres y te caiga una denuncia por nada, o que surja la pasión, tengamos una noche loca y después digan barbaridades. Nunca se sabe, mirá.
Ajá. Algo me dice que estoy a salvo con el Bochi, pero estos relatos no me caen bien. Es un terreno delicado, pienso. Tengo que bajarle línea por las dudas, estoy demasiado expuesta, no hay lugar para ambigüedades. Le digo que yo siempre observo atentamente a quien se ofrece a llevarme. Que si me inspira confianza, subo. Que si me abre las puertas de su casa no tendría por qué adjudicarle más intenciones que la de compartir ruta. Que de lo contrario sería un problema y me recontra plantaría.
Asiente y me contesta que soy brava, que tranquilamente podría tener un cuchillo en el bolsillo.
—Como vos un palo abajo del asiento o un arma en tu mesita de luz —le contesto.
Nos reímos y me ofrece frenar a comprar un “sambuche” de matambre de pollo. Sí, así de específico. Ese local que estamos cruzando vende el mejor matambre de pollo de la zona, parece. Me dice que espere, salta desde el asiento y deja la puerta abierta. Me gusta haber dicho lo que dije, me siento aliviada: allanar el camino ayuda a poner límites y simplifica los vínculos.
Lo veo venir silbando con dos paquetes radiantes de olor a parrilla y grasa. Trepa al camión y entona un “a comerrrrrrrla”. Me causa gracia. Morfamos y ni siquiera eso corta la vorágine de chistes y anécdotas de este monologuista insaciable. Me cuenta de parajes en la ruta, lugares donde suelen frenar a comer asado con los camioneros, árboles cuya ubicación conoce de memoria, la historia de la única camionera que se cruzó y que “se planta como un hombre” y es muy respetada por todos. Se ríe porque un día hasta le metió una piña a uno que no sé qué piropo le tiró, así nomás.
Me cuenta sobre el día que se quedó dormido cruzando un puente y se despertó con unas luces de frente intentando esquivarlo. Que está recién separado pero que sigue en contacto con ella y mantiene buenas formas. Que tiene un amorío con una piba más joven. Que su hijo es lo más grande que hay. Que le gustaría estar más con la familia, a veces, pero que la soledad de la ruta lo llama demasiado. Me cuenta que una vez levantó a un policía en el medio del campo y ni mate le cebó, dice que se echó a dormir el muy descarado, así que lo bajó al toque porque no había respetado un código básico: el camionero te sube y vos le cebás mate, lo que importa es que no se duerma el conductor. Me cuenta sobre sus épocas de traslados en el mundo de la música, sobre sus dotes como cantante y bailarín de baile americano, también del día que Pavarotti lo escuchó cantar mientras acomodaba equipos en un escenario y lo interrumpió para preguntarle qué estaba esperando para dejar el camión y dedicarse a la música.
¿Pavarotti, de verdad? ¿Le habrán pasado todas estas cosas? ¿Será un fabulador empedernido o simplemente transformará historias verídicas, volviéndose el héroe de todas? Imagino al Bochi cantando en una ópera y me dan ganas de hacer pis de la risa. No puedo creer la velocidad con la que me cuenta todo, y que no se tome ni un respiro. Me llama la atención, también, que ni pregunte nada sobre mi vida, que todo sea sobre él. Es como una radio que cada tanto responde un mensajito de texto de les oyentes. Es agotador, demasiado intenso, no lo escucharía todos los días, pero el programa está buenísimo.
Ya son cerca de las 5 de la tarde, el solcito reflejado en el vidrio hace que me baje todo el cansancio de repente. Ya no puedo hacerle el aguante a sus monólogos, no puedo interesarme, no puedo ni pensar en cebar sin volcar. O al menos no sin hacer esfuerzos desmedidos.
—Disculpá, Bochi, se me está apagando el tele —le digo.
Me dice que me quede tranquila, que descanse un poco, que no me preocupe.
—Dale, un ratito nomás y estoy de vuelta.
Me mira y sonríe. La sonrisa se me mezcla con un chucho de frío, el chucho de frío con una sensación de disolución.
“Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob, y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos”, escucho mientras detecto un hilo de baba en mi cachete y el cosquilleo de un pie dormido. “Y Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara”, y Fares engendró a no sé quién y ese otro a pindonga, y así no sé cuántos nombres se mencionaron hasta llegar al punto fuerte que rompió con la monotonía del relato: Jesús. What the fuck. Me desperezo y abro los ojos.
—Tranquila vos, eh, dormite todo que yo te llevo. Na, mentira, si tengo mi biblia virtual acá, estoy re divertido, ja. Pero fuera de joda que te dormiste una horita y media, estabas cansada en serio, ¿pegó duro la jodita de ayer? Ahora cebate unos mates, dale.
—De una, de una, acá estoy de vuelta —le digo bostezando—. ¿Biblia virtual, Bochi? Contame más, te lo pido por favor.
—Así como me ves, también soy evangelista...
Si querés, en el próximo paso ajustamos el final (porque ahí hay una potencia emocional fuerte y se puede afinar apenas más).
Y después sí: estamos listos para ver cómo dialogan todos juntos, que ya está apareciendo una voz muy clara.
tenés razón, va completo 👇
Camiones, armas y dioses
El día que conocí al Bochi, la ruta estaba estallada y apelé a la táctica del cara a cara. Odio las filas, odio la sumatoria del sol sin tregua, odio los carteles. Eran las 12 del mediodía y una hora antes había llegado un tren, así que era todo un quilombo. Yo justo estaba descansando de hacer dedo, me había puesto a bailar tango con un chabón, más que un tango una cumbia, bah, no sé, era un intento inicial que iba variando. Se ve que el Bochi me vio tirando puntas antes y se acercó a preguntar a dónde iba. Fa, loco, qué felicidad. Me dijo que le dieron ganas de viajar conmigo cuando me vio bailar.
Subo al Scania, una bestia de la ruta, subirse es como trepar a un caballo. Arriba está todo impecable. Rico olor, tachito de basura, parlantes piolas, garrafa y equipo de mate entre medio de los asientos, la foto de un nene colgando del espejo retrovisor, un colchón atrás con mantas bien acomodadas. Suena El final es en donde partí de La Renga. La distingo al toque porque era una canción típica de mi juventud. Tipo entusiasta el camionero. A pesar del comienzo triunfal que tuvimos, lo miro midiendo cada movimiento y cada cosa que dice. Me esperan 670 km con él y en estas situaciones nunca se puede ceder del todo: el estado no es paranoico, pero sí alerta.
—Bueno, flaca, contame, ¿qué hacés sola? ¿Cómo te llamás? A mí me dicen el Bochi, pero mi nombre es Diego. Soy de Berazategui, papá.
Le contesto y, ante un par de intentos de desarrollar algo, me doy cuenta de que siempre vuelve a sí mismo, cambiando de tema y empezando una nueva historia. Asumo que va a ser así la movida, por lo menos al principio: él propone, yo sostengo. Me cuenta que él, en Beraza, maneja en moto y anda armado. A su padre lo asesinaron en un robo cuando era chiquito y lo vio todo, detrás de un árbol. Jamás va a olvidar esas caras. Dice que ese es el motivo por el cual hoy sale armado, para tener con qué darles un tiro en la cabeza si los encuentra en alguna parte.
No puedo responder de inmediato, siento que tengo que tener tacto, no decir de más, que tengo que observarlo porque recién lo estoy conociendo. Ni siquiera hay mate para amortiguar la situación. Me dijo que todavía no quiere, que con agua está bien, que en un rato sí. Me doy cuenta de que necesita hablar y que hoy fui su oreja elegida.
Suspiro y le digo que no sabría qué hacer con tanto dolor, que siempre me afronté a muertes por enfermedades, vejez o accidentes, pero nunca muertes en marcos de crimen. Chista con la lengua, como diciendo “es lo que hay”. Avanzamos en silencio unos minutos, el primer silencio en lo que va del viaje. Me siento un gigante acá arriba, como poderosa, imponiendo respeto con solo pasar. Pruebo con bajar la ventanilla y apoyar el antebrazo como hacen ellos, los camioneros. El sol me pega justito y entiendo por qué vi tantos bronceados tan mal. Seguro que a mí también termina pasándome.
—¿Sabés que levantar chicas en un camión es un problemón? —me pregunta—. Con vos me doy cuenta de que está todo bien, pero es un tema, flaca, porque a veces te quieren robar y te sigue algún tipo atrás, te juro, me ha pasado, te hacen la cama. Y ni que hablar que siempre tenés la amenaza de que piensen que te las querés garchar y después armen problema con los padres y te caiga una denuncia por nada, o que surja la pasión, tengamos una noche loca y después digan barbaridades. Nunca se sabe, mirá.
Ajá. Algo me dice que estoy a salvo con el Bochi, pero estos relatos no me caen bien. Es un terreno delicado, pienso. Tengo que bajarle línea por las dudas, estoy demasiado expuesta, no hay lugar para ambigüedades. Le digo que yo siempre observo atentamente a quien se ofrece a llevarme. Que si me inspira confianza, subo. Que si me abre las puertas de su casa no tendría por qué adjudicarle más intenciones que la de compartir ruta. Que de lo contrario sería un problema y me recontra plantaría.
Asiente y me contesta que soy brava, que tranquilamente podría tener un cuchillo en el bolsillo.
—Como vos un palo abajo del asiento o un arma en tu mesita de luz —le contesto.
Nos reímos y me ofrece frenar a comprar un “sambuche” de matambre de pollo. Sí, así de específico. Ese local que estamos cruzando vende el mejor matambre de pollo de la zona, parece. Me dice que espere, salta desde el asiento y deja la puerta abierta. Me gusta haber dicho lo que dije, me siento aliviada: allanar el camino ayuda a poner límites y simplifica los vínculos.
Lo veo venir silbando con dos paquetes radiantes de olor a parrilla y grasa. Trepa al camión y entona un “a comerrrrrrrla”. Me causa gracia. Morfamos y ni siquiera eso corta la vorágine de chistes y anécdotas de este monologuista insaciable. Me cuenta de parajes en la ruta, lugares donde suelen frenar a comer asado con los camioneros, árboles cuya ubicación conoce de memoria, la historia de la única camionera que se cruzó y que “se planta como un hombre” y es muy respetada por todos. Se ríe porque un día hasta le metió una piña a uno que no sé qué piropo le tiró, así nomás.
Me cuenta sobre el día que se quedó dormido cruzando un puente y se despertó con unas luces de frente intentando esquivarlo. Que está recién separado pero que sigue en contacto con ella y mantiene buenas formas. Que tiene un amorío con una piba más joven. Que su hijo es lo más grande que hay. Que le gustaría estar más con la familia, a veces, pero que la soledad de la ruta lo llama demasiado. Me cuenta que una vez levantó a un policía en el medio del campo y ni mate le cebó, dice que se echó a dormir el muy descarado, así que lo bajó al toque porque no había respetado un código básico: el camionero te sube y vos le cebás mate, lo que importa es que no se duerma el conductor. Me cuenta sobre sus épocas de traslados en el mundo de la música, sobre sus dotes como cantante y bailarín de baile americano, también del día que Pavarotti lo escuchó cantar mientras acomodaba equipos en un escenario y lo interrumpió para preguntarle qué estaba esperando para dejar el camión y dedicarse a la música.
¿Pavarotti, de verdad? ¿Le habrán pasado todas estas cosas? ¿Será un fabulador empedernido o simplemente transformará historias verídicas, volviéndose el héroe de todas? Imagino al Bochi cantando en una ópera y me dan ganas de hacer pis de la risa. No puedo creer la velocidad con la que me cuenta todo, y que no se tome ni un respiro. Me llama la atención, también, que ni pregunte nada sobre mi vida, que todo sea sobre él. Es como una radio que cada tanto responde un mensajito de texto de les oyentes. Es agotador, demasiado intenso, no lo escucharía todos los días, pero el programa está buenísimo.
Ya son cerca de las 5 de la tarde, el solcito reflejado en el vidrio hace que me baje todo el cansancio de repente. Ya no puedo hacerle el aguante a sus monólogos, no puedo interesarme, no puedo ni pensar en cebar sin volcar. O al menos no sin hacer esfuerzos desmedidos.
—Disculpá, Bochi, se me está apagando el tele —le digo.
Me dice que me quede tranquila, que descanse un poco, que no me preocupe.
—Dale, un ratito nomás y estoy de vuelta.
Me mira y sonríe. La sonrisa se me mezcla con un chucho de frío, el chucho de frío con una sensación de disolución.
“Abraham engendró a Isaac, e Isaac engendró a Jacob, y Jacob engendró a Judá y a sus hermanos”, escucho mientras detecto un hilo de baba en mi cachete y el cosquilleo de un pie dormido. “Y Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zara”, y Fares engendró a no sé quién y ese otro a pindonga, y así no sé cuántos nombres se mencionaron hasta llegar al punto fuerte que rompió con la monotonía del relato: Jesús. What the fuck. Me desperezo y abro los ojos.
—Tranquila vos, eh, dormite todo que yo te llevo. Na, mentira, si tengo mi biblia virtual acá, estoy re divertido, ja. Pero fuera de joda que te dormiste una horita y media, estabas cansada en serio, ¿pegó duro la jodita de ayer? Ahora cebate unos mates, dale.
—De una, de una, acá estoy de vuelta —le digo bostezando—. ¿Biblia virtual, Bochi? Contame más, te lo pido por favor.
—Así como me ves, también soy evangelista. Yo estaba en el mundo del rock y todo eso que te contaba hoy. Siempre que podía fisuraba, y agarraba todos los viajes que podía, estaba muy prendido a la aventura del camión y la noche, viste. Me comí un asado hasta con Arjona, el tipo invitó a todo el mundo que trabajó para su show y cocinó él, ¿sabés? Un capo. La cosa es que las cosas con mi mujer empezaron a desbarrancar y se fue poniendo todo cada vez más difícil para mí. Yo era muy allegado de una prima, más hermana que prima, una de las mujeres más importantes de mi vida. Un día le agarró cáncer y se murió al poco tiempo. Eso me arruinó. No pude llegar a verla el día que se murió, flaca, no pude.
Uno de sus hermanos es parte de la Berisso, ¿la tenés a esa banda, no?
—Mm, la ubico pero nunca me puse a escuchar —contesto y miro cómo el rostro del Bochi se va transformando, poniéndose cada vez más sobrio y triste.
—Bueno, le escribió una canción después de todo esto. A mí me parte el corazón. Dice así... no, pará, te la voy a mostrar mejor, porque la tengo en uno de estos cd's. Esta canción es mi prima, esta canción es todo para mí.
Bochi saca un estuche gigante de la guantera y agarra el cd. Lo pone en la reproductora, busca el track y sube el volumen. Mientras suena la intro le dice al cielo “para vos mi amor”, y empieza a cantar:
Cómo olvidarme de aquel día
quedaste en silencio
quedaste sin vida
Un beso te di
no sé si lo sentiste
una lágrima mía quedó en tu mejilla.
¡Pato, te amo!
Canta y le da golpes al volante. Se pone a llorar. Canta y golpea llorando:
Hablamos un rato
antes que partieras
dijiste te amo
como si no lo supiera
Lo pienso y te extraño
y me hace mucho daño.
Perfecto, queda así con esos ajustes:
—Me mata esto, me mata —dice, y apaga la música, y empieza a bajar la euforia de a poco.
Yo no lo puedo creer. No tengo palabras. No tengo más que mirar. Le sonrío. Se da el segundo y último silencio del viaje. El cielo ya está cambiando de color. El odómetro marca 600 km, casi llegamos a mi destino. El Bochi está conmovido, el tono de su musculatura, mucho más bajo, la mirada liviana y entregada. Ahora, somos un gran caballo de ojos tristes.
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Yo sólo te vi bailar en historias y comparto con el Bochi. Cualquier hombre sensato se sentiría a gusto compartiendo un rato de ruta con Lara.
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