La manija peligrosa


¿Cómo te llevas con tu manija? Antes que nada, definamos “manija”. Pensando y revisando la web veo que en Argentina la palabra tiene varios significados que se podrían resumir en los siguientes:

· Estar manija: Gran expectación por algo que deseas o necesitas.
· Quedar manija: Querer más de algo que no te resultó suficiente.
· Darse manija: Pensar mucho e insistentemente en un mismo asunto.
· Ser un manija: Persona muy intensa respecto a ciertas cosas con un claro impulso para lograrlo.

En un momento dado de mi vida yo ERA una manija y ESTABA especialmente manija de montar junto a mi grupo del taller de teatro una muestra de fin de año que me dejara satisfecha. Pero poco a poco empecé a notar indicios de que mi manija podía resultar un tanto contraproducente. Las personas con quienes disfrutaba estar y crear cosas se estaban diluyendo porque no me bancaban más. Digamos que me volví poco potable, un exceso de cosas innecesarias. Demasiada pasión, no se entendía bien lo que quería, estaba en contra de la mayoría y encima andaba medio dictadora. Lo peor es que me daba cuenta y no podía parar de ser una presencia infumable.

El día que toqué fondo tenía que actuar de una troyana sufriente que desterraban los griegos de su lugar. La muestra era sobre una adaptación que hizo Sartre de la obra Troyanas de Eurípides. Yo estaba agarrada de algún caño de la escenografía (un andamio de albañil) siendo parte de una especie de coro físico y sonoro. Corría, lloraba, tiraba algún texto, sufría, sufría y no paraba de sufrir. Era tan literal que me embolaba y sentía una especie de pudor al actuarlo porque sabía que mi desempeño dejaba mucho que desear. No es que me resultara del todo horrible la obra en sí, sin embargo la aborrecía, no tenía nada que ver con lo que deseaba y me parecía de un dramatismo excelso. Encima estaba tristísima porque acababa de irse una amiga con la que compartíamos casa y la relación no había quedado precisamente bien.

Lo mal que actué ese día no tiene sentido. Grité como un oso. Pasé una vergüenza completamente feroz. ¿Vieron cuando sentís el quórum sobre lo mal que estuviste, sin siquiera mediar palabra? Bueno.

Procuré irme rápido. No dejar lugar a ninguna secuencia molesta, como cuando algún conocide se acerca a saludar y por no querer ser mala onda busca forzosamente alguna palabra de aliento respecto a lo que hiciste. Ambos saben que es una absoluta farsa, que es incómodo, que no suma, no obstante permanecen ese largo y tedioso instante sonriendo y queriendo arreglar lo imposible. ¿Por qué exponerse a eso? Nah.

Me fui. Todavía quedaba una gota de dignidad en el tanque. Agarré la bicicleta y me tomé el palo. Llegué a casa, duchita y al sillón. Prendí un porro, fumé unas secas y al rato fui a dormir. En ese momento tenía la cama en el lateral izquierdo del rectángulo que es mi habitación. Caí rendida, por suerte no me costó nada conciliar el sueño. Qué bien. No estar ni un segundo más despierta en este día olvidable.

En pleno descanso el corazón empezó a galopar y una urgencia se apoderó de mi cuerpo. ME ESTÁN PERSIGUIENDO LOS GRIEGOS. No. No, por favor, no. No me hagan nada, nono nonono, decía arrimando las palabras cada vez más. Nononono. Corría desesperada por una pradera, los tenía cada vez más cerca. NOOO, gritaba cuando me desperté con el impacto de un golpe en un espacio totalmente oscuro.

¿Qué está pasando?
¿Dónde estoy?
¿Quién soy?

Estoy en el piso.

Ok.

Toco a mi alrededor. Identifico una ventana. Ah, es mi pieza.

Soy Lara y vivo en calle 15.

Estoy sola, cierto.

Siento algo mojado, ¿qué habré tirado? Tanteo el piso mientras gateo. No entiendo bien mi ubicación, me siento confundida. Respiro, me armo de paciencia.

Sigo gateando. Localizo la tecla de la luz. Estoy desnuda, me gusta dormir desnuda. Me miro las manos, tengo sangre. No puede ser. El corazón acelera todavía más. Miro para atrás, un charco colorea la habitación. Empiezo a llorar, me duele la cabeza.

Abro la puerta, camino hacia el espejo del living y veo un cuerpo chorreante de cabeza a pies. Decido que gritar es una buena decisión. Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh, ahhhhhhhhhhhhhhh, ahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh. Grito reiteradas veces. Quizás los vecinos me escuchen. Observo mi imagen de terror en el espejo antiguo de mi abuela fallecida. Es ovalado con marco de madera pintado de color natural. Tiene flores doradas, y mi piel ríos de sangre.

¿Cómo carajo me hice esto?

Camino hacia la habitación, intento reconstruir la escena. Una pieza de la ventana se rompió, el cosito que traba. Hay mucha sangre. No hay vidrio roto. Evidentemente corrí en diagonal mirando para atrás y me abrí el costado de la cabeza con esa parte del marco. Los griegos me estaban persiguiendo y la cosa se puso seria. Huelo metálico.

Agarro una tela con la que cubro el sillón y me tapo la zona de la herida. La elijo porque es violeta uva, para no echarla a perder. No sé por qué pienso que voy a volver a usarla para algo. Tendría que llamar a alguien. Me limpio y lloro. Me dejo la tela haciendo presión con una mano y con la otra agarro un trapo de piso, lo mojo, le pongo lavandina y limpio el piso de la pieza. Ahora sí, decido llamar a mi mamá.

Son aproximadamente las 4 am de un domingo. Me atiende y lo primero que escucha es mi llanto.

—¿Qué pasó Lara, qué pasó? ¿Te entraron chorros? Me muero. ¿Estás bien? Ya vamos para allá. ¿Qué pasó Lara, me querés decir?

—Me-me-me perseguían los griegos y entonces empecé a correr y me di la cabeza contra la ventana. Es que estaba soñando y salí corriendo. Me estampé contra el marco y estoy sangrando pero bien, estoy bien. Los espero, dale, sí.

Me cambio, me lavo, agarro el DNI. Llegan. Vamos al hospital y en la recepción de la guardia me preguntan: ¿Qué te pasó?

Agh… estaba soñando, me persiguieron unos griegos, salí corriendo y me estampé la cabeza contra la ventana. En fin… terminé como con 6 puntos.

Pasarse de manija puede sin dudas acarrear severos panoramas, escenarios perturbadores, vergüenzas indelebles. Pero a veces una está tan metida que necesita estrellarse para acomodar después las partes. No es lo ideal, claro, simplemente sucede. Por eso la pregunta por la manija me parece digna de un problema filosófico contemporáneo. Y vos, ¿cómo te llevas con tu manija? Yo me llevé bastante para el orto, después la cosa se fue poniendo mejor.


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