El núcleo duro del Durazno
El núcleo duro del Durazno
Simple retrato de una noche cordobesa
I. Entrar
Era de noche y tenía intenciones de comer un lomito y sacar data del fogón, la única actividad nocturna del pueblo. Se trata de un grupito que va a una de las bajadas del río que se llama Playa Grande, inicia el fuego y espera que vaya cayendo gente. Parece que hay un chico que sostiene esta actividad desde hace años y trabaja como mozo en la Casa del té.
Me habían dicho que, además del té, las tortas, los alfajores y las trufas, los lomitos estaban espectaculares. Pero no estaban haciendo lomito, ni pizza. Salado, solamente tostados.
"¿Posta? Ok, traeme una birra artesanal negra y un tostado entonces", le dije al chico este.
Cuando volvió a traerme la vajilla, yo me había trasladado de la esquina de un balcón a la esquina del living. Estaba indecisa, pero finalmente me quedé ahí porque había luz como para escribir.
"Estás en la esquina de todo", me dijo cuando me vio.
No estaban haciendo comida para la cena porque quien se encargaba de eso era Daniela, su mamá, que se encontraba en plena recuperación de una operación, así que a las 9 chau chau, cerraban el local. De hecho, apareció el padre y me lo recalcó.
"Cierro la puerta porque si entra alguien más, cagué", dijo, y empecé a tener en cuenta mi ritmo al tomar la cerveza. Tenía 15 minutos.
Había quedado yo sola en el lugar.
—Che, avisame si jodo —le dije al mozo.
—No, tranquila. De hecho, ¿qué haces ahora? ¿vas al fogón?
—Y... era mi intención, quería hacer tiempo acá porque el otro día que vine a tomar el té, tu viejo me dijo que arrancaba tipo 11. Estoy parando en el Vado y si vuelvo la voy a re quedar.
—Bueno, venite si querés, vamos a la casa de uno de los chicos y arrancamos para el fogón.
Salimos de la Casa del té en una oscuridad casi completa que sólo un oriundo puede maniobrar. Le pedí que me alumbrara con la linterna porque posta que ni idea, no se veía nada. Podía hacerlo pero iba a ser muy engorroso.
Cuestión que me había preparado como para caminar muchas cuadras, pero hicimos unos pasos y el Grillo, así se llamaba, abrió una tranquera.
Adentro de una casita, un montón de pibes y pibas charlaban fuerte.
—¿Vamos al fogón?
—Es tempranazo culiado. Tomemos unos fernet y vamos después.
—Hola, nos conocimos recién en la Casa del té y caí, permiso —dije, pero no di mi nombre hasta que me preguntaron, a veces soy torpemente vergonzosa—.
Reconocí a un rubio de rastas que me miró esa tarde en el puesto del Vado. También a otro chaboncito morocho y petiso que vi un día cerca de mi camping. Estaba, además, un pibe que paraba en el mismo lugar que yo y me había contado cómo se le rompió el manubrio de la moto y de pedo no se mató. Un pibe alto de pantalones arremangados, borcegos y camisa tocaba la guitarra. Un venezolano pintaba y una chabona miraba unos dibujos que tenía desparramados por la mesa. Dos pibas cordobesas habitaban el living en silencio.
Era todo muy pequeño y acogedor, podía ver todas las situaciones simultáneas de cerca.
II. El ritual
El dueño de la casa propuso hacer vaquita para comprar escabio.
—¿Vino, birra, fernet? ¿Qué quieren?
—Por mí fernet.
—De una, es el veneno más hermoso el fernet, hermana, ojo, lo digo por la coca que lo acompaña, sino sería perfecto. Es la perdición. Es la palabra mágica. Decís fernet y aparece la guita.
El Toby, así se llamaba el petiso morocho, ya había arrancado en moto para agarrar abierto el último almacén que quedaba. Cerraba a las 22 hs y eran menos cuarto. Por acá la gente se mueve en moto en general.
El de rastas salió con un billete verde que acababa de encontrar arriba de la heladera, como tirado, como librado a su suerte. Le había quedado de algún trabajo, de algo que vendió, el hecho es que ni se acordaba y lo remató en alcohol. Salió a alcanzarlo, no podía perder esta oportunidad.
—Todo en ferné waso, y con lo que sobra, lo que más te guste.
Llegó el escabio y armaron todo al toque. Vasos, tazas, botellas cortadas, repartija de latas de cerveza.
"Me hicieron el cuento con las pizzas", dijo el venezolano. Y la harina ahí, solita entre un montón de envases y botellas de plástico.
Tomé algunos sorbos por respeto, pero no tenía ganas de tomar mucho más. Recién venía de una resaca que fue abuso, dirían acá en Córdoba. Qué abuso, hermano. Chamazo.
El Grillo se puso a tocar con el de pantalones arremangados. Hicieron una dupla hermosa. Y luego se sumó la chabona de los dibujos. Peló una voz increíble. Tocaron una de Amy Winehouse y el de pantalones arremangados dijo algo muy cierto: que tiene un estilo chacareroso.
"Imaginate a Amy cantando chacarera. I cheated myself, like I knew I would, I told you I was trouble, you know that I'm no good."
Creo que fue uno de los pocos momentos de la noche en que todes coincidimos en el silencio y la escucha de una misma cosa.
III. El desborde
Aplausos, gratitud, unos temitas más y decidimos arrancar a armar el fogón.
Afuera, refucilaba de un lado y del otro y había muchísimas estrellas. Podía verse a la perfección desde adentro porque la cabaña tenía ventanales de vidrio.
Salimos, ya preparades para ir al río, pero faltaba hielo, así que esperamos a que fueran a buscar.
En ese lapso charlé con la cantante y el pibe de pantalones arremangados. Tenían una suerte de sindicato de temporada. O lo deseaban. O lo ejercían y había que darle más forma. Singal. Algo así se llamaba. Pensamos una manera más directa de nombrar la experiencia. "Sindicato de obreres por temporada", ponele. El primer sindicato nombrado con la e, qué tal. Y así, empezar a replicar la moción en otros pueblos. Porque tan en negro todo, tan precarizado.
—¿Vos hacés danza o circo?
—Danza sí, para circo soy demasiado cagona, ¿por qué preguntás?
—Por la postura, me encantaría bailar pero por ahora estoy con otras cosas, siempre me queda en segundo plano.
—Yo extraño bailar en una milonga.
—Uf, qué lindo, me encantaría manejar un abc al menos.
—Ah, sí, de una.
—Unas tecas técnicas, pero bueno debe ser difícil.
—No te creas, entendiendo cuestiones de cómo posicionarte y conectar con quien bailes, el resto es jugar con la música, digo, para bailar, no para ser el capo de la técnica tanguera.
—Claro, es re importante el abc, qué lindo eso que decís.
Me cae bien este chico. Agustín Alfredo dice que se llama.
Llegó el hielo. Algunes arrancan en moto, otres caminando.
Caminamos por una calle de tierra rodeada de árboles, en la que no se veía nada. Salimos a la calle que bordea el río y bajamos en la primera entrada. Ese tramo era mucho más desnivelado. Rocas, baches alternados, nada liso.
Me caí de culo.
—Gracias, gracias, estoy bien, tengo el culo acolchonado.
—Bastante bien, igual, ¿sabés los palos que nos hemos dado hasta conocer el terreno?
Llegamos al río.
Ahí, en la orilla, se podía apreciar aún mejor el escenario que veíamos por los ventanales, pero ahora con un tronco como respaldo y algunas piedras oficiando de asientos.
Estábamos alrededor de un fuego espeluznante que el Grillo y Toby crearon en cuestión de minutos.
Agustín y la cantante fueron a buscar más leña y cayeron al rato con una cantidad alebosa que emocionó a Toby.
"Estás aprendiendo", le dijo al Agus.
"Del mejor", le respondió y se dieron un abrazo.
Wau, qué escena más hermosa, wachos.
Al toque uno se tiró al agua y volvió a secarse al fuego. Dijo que cuándo más iban a disfrutar del río con ese cielo. Y así fue que empezaron a imitarlo varios pibes y la cantante. Kali se llamaba. Se tiraron desde piedras a 10, 12, 20 metros de distancia del agua.
Se escuchaban los gritos a lo lejos, y los sonidos de animales que hacían para comunicarse con nosotres que estábamos en la fogata.
Todo muy lindo pero no me dio el espíritu aventurero. Muy tirada en la arena yo, muy envuelta en una campera prestada mirando el fuego.
"Este aire está húmedo, se larga en cualquier momento", dijo el Toby como un gurú de la naturaleza, y las pibas cordobesas rajaron ahí nomás.
Estábamos abajo de un árbol y eso amortiguaba las gotas que empezaban a caer.
—Se va a cagar fundiendo.
—¿Aguantamos o nos vamos?
—Toquemos algo.
—¿Nos rescatamos o nos quedamos hasta que se pudra todo?
—Cantate la cumbia del durazno.
"Esta es la cumbia duraznera", empezó a agitar el Grillo como un payador de pasión de sábado, "esta es la cumbia duraznera. No no no no, no la baila cualquiera, no. No la baila ni la canta cualquiera no", decía el estribillo y el resto era improvisado de participante a participante.
Arrancamos y, en el camino, al Toby se le descolocó la rodilla. Yo iba atrás de él mientras pedía que lo agarremos. Pensé que era joda porque venía fantasmeando bastante conmigo, pero al toque el Manu fue a sostenerlo para que siga caminando. "Yo te ayudo, hermano", le dijo y me sentí una forra.
Llegamos a la cabaña pero pintó ir un rato a la casa de un pibe que vivía enfrente. Le caímos en manada pero la cosa no prosperó. El abuelo estaba durmiendo y tuvimos que volvernos a la cabaña vidriada.
Era todo un quilombo de gritos porque, tras que los pibes cordobeses tenían interacciones multifocales, todas en voz alta, se iban poniendo progresivamente más en pedo. El Manu gritaba bocha, creo que era el más fulero en ese aspecto. Infumable. Pero tenía cosas proporcionalmente adorables como apagar las luces y prender una vela para observar mejor el cielo. Eso mismo en silencio hubiera sido un deleite, pero casi imposible de generar.
Era grande mi intolerancia, sin embargo, poco a poco las resistencias se iban ampliando, los límites se expandían, mi forma de hacer las cosas quedaba allá lejos. Ahora, contemplar los gritos y meterme mi atmósfera en el culo.
Igual, no me rendí del todo, una mínima cosita tenía que probar para que se amortigüe un toque lo sonoro.
—Qué buen momento para que te toques algo, Agus.
—Sí, de una, pero cuando le den ganas al Grillo y me haga la segunda musical.
—De una, wacho.
Mientras tanto, el venezolano intentaba contar una historia de terror y el Toby no lo dejaba continuar, acotando o preguntando siempre algo. Por suerte no fui yo la única que lo detestó. Se sintió bien eso, como una necesidad compartida.
No hay más hielo. Se dieron cuenta que nos habíamos olvidado el hielo en el río y todavía quedaba una botella de Branca. Nunca guardarlo para la próxima. ATR.
El Toby agarró la moto en medio de la lluvia y se fue a buscarlo. No lo encontró.
Se tiró en la hierba para que le caiga la tormenta encima. Manu le sugirió entrar pero no quiso.
"Si no quiere no quiere, cuando el agua lo funda, ahí sí, lo voy a buscar y lo traigo".
Cuestión que, dicho y hecho, al rato fueron a ver cómo estaba y no pudo poner ni un poco de resistencia. Entregadazo nomás. Lo arrastraron por la galería y, en la puerta de la casa, se levantó y esquivó gente, caminando torcido, hasta llegar a la escalera. Arriba, estaba la habitación. Se desplomó en una cama, la atravesó horizontalmente y dejó medio cuerpo afuera.
"Somos exagerados los cordobeses", le explicó el Manu al venezolano.
Eran las 4 am cuando el Manu empezó a cocinar. Fideos con salsa. Cebolla, ajo y tomate. El chabón sostenía el cuerpo con la mano contra la alacena, porque se caía del pedo que tenía. La espera de la cocción de la pasta fue interminable.
Nunca vi tanta gente ansiosa por 10 minutos.
Tiraron uno contra la pared a ver si se pegaba, y sí, se pegó. Mezclaron todo en la olla, triunfantes, y los buitres volamos encima.
El venezolano no sabía comer fideos largos. Se le chorreaban por el tenedor y si no era el tenedor, era la boca. Nos cagamos de risa.
En un momento me agaché a buscar mi celular y el Agus bajó su cabeza, agarrándose los pies.
—Buena elongación, che.
"Qué lindo encontrarte por acá", me tiró y lo sentí como un guiño.
Al rato empezaron a irse todes y el Manu me ofreció quedarme.
Dormí en el living, al lado de un ventanal.
A la mañana, el Toby barría fumando.
El resto se despertó con el humo.
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