Perdón, a veces se me traba
Ella suele ir a este local sobre calle 54 cada vez que necesita sacarse un poco de pelo. Es barato y no le hacen doler más de lo básico e inevitable. En general se trata de un trámite expeditivo, a menos que sea realizado en primavera o verano. De todos modos, en el lugar atienden sin turno y como hay muchas trabajadoras, a pesar de ser muy concurrido, la espera nunca es demasiado larga. Aún así, es imprescindible para ella ir en horarios que no sean pico porque le perturba esperar, aunque sean 20 min, con música que no es necesariamente de su agrado.
En este contexto, hasta ahora no se había presentado problema alguno, más allá de la incomodidad vertiginosa causada en el momento de la llamada “tira de cola”, dado que el mecanismo implementado consiste en que la clienta abra los glúteos con las manos y sostenga la posición mientras se le unta, seca y desprende cera caliente. Siendo el caso de una abundante transpiración un factor de riesgo en el asunto. O al menos eso es lo que a ella le genera imaginar sus dedos resbalando y los glúteos cerrándose sobre el surco adherente. No obstante, lo que le sucedió este día fue mucho peor.
Al ingresar al correspondiente box pidió su combo habitual y en el proceso la depiladora le preguntó “¿te saco acá también?” y ella respondió afirmativamente, marcando así su destino. Agregó: “¿esto no era parte del cavado?”. Para su sorpresa, la pelvis contaba como otra parte, y vale aclarar: cada parte tiene su precio. Ella pensaba que cavado incluía toda la zona que rodea la ropa interior, exceptuando la tira de cola y el medio glúteo que corrían por otra cuenta. Ante esto empezó a dudar si le alcanzaría el efectivo y a preocuparse porque tampoco había llevado el celular. “...en la billetera tenía dos billetes de cien, cuatro de cincuenta y unos cuantos de 10”, pensaba. Inquieta, al finalizar la operación, tomó el ticket que la depiladora había escrito mencionando las partes depiladas y su respectivo precio, dando su suma un total de 700. Acto seguido la depiladora se fue, dejándola sola para que se cambiara, cuando un impulso imprudente y desacatado le pasó por el cuerpo, procediendo a tomar una lapicera, falsificar los datos y bajarle el precio a la tira de cola para garantizar que le alcanzara el efectivo. Sin duda, el camino más fácil y menos humillante hubiera sido cualquier otro pero, en cambio, esto es lo que pasó:
Luego de tomar una bocanada de aire calefaccionado, salió del box hacia la recepción, a paso firme pero con el corazón como si estuviera intentando escapar de una cárcel por la puerta principal. Entregó el ticket, preparó el dinero y luego de un sospechoso silencio la recepcionista emitió las temidas palabras: “Pero esto no vale 200, y esta no es la letra de Verónica”. Situación ante la cual se quedó cristalizada mientras la chica que estaba haciéndose las cejas al lado la miraba, asumiendo en su quietud que lo peor estaba por llegar. Así, la recepcionista llamó a la depiladora. “¿Qué pasó?” preguntó ésta, y entonces la historia fue escupida en los pasillos de la boutique aumentando la vergüenza inconmensurablemente. “No, esa no es mi letra. La tira de cola no vale eso”, decía.
Al escuchar el relato, ella, la estafadora incipiente, logró entender que se había convertido en la protagonista de esta ridícula trama, e intentó explicar su razonamiento, por supuesto sin éxito. Casi tartamudeando pidió disculpas por haber mentido y armado esa estrategia con tal de no afrontar la incomodidad de decir que no le alcanzaba el dinero. “Eso, nada, perdón, a veces se me traba la cabeza y me embarro todavía más”. “Andate de acá, por favor”. Fueron los últimos diálogos antes de salir de cara a calle 54, a sus micros, a su gente.
Así es como por una elección imprevista y poco fundada, este día dio un giro, quedándose ella de repente sin su casa de depilación de cabecera y teniendo que migrar de servidoras hasta nuevo aviso, por lo menos hasta que se olvidaran su cara o cambiara de aspecto. Esto último, por cierto, se vio favorecido por la pandemia que irrumpió al tiempo y le permitió volver, demostrando que, además de mentirosa, podía ser una persona sin dignidad escondida detrás de un barbijo y absurdos lentes de sol.
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