Quería dormir y congelé todo lo demás
En todos los tiempos hay un algo terrible. Me lo dice un hombre que está viajando conmigo desde Nono. Hablamos sobre sus épocas de guerrillero y sobre una situación muy graciosa que me pasó antes de subir al micro. Vive en un barrio cercano a la Capital. Es la 1 am.
Yo había arreglado con Santiago, un chico que conocí en la playa hippie de Cuesta Blanca, para que un amigo suyo me alcanzara las llaves de la casa, porque él llegaría de un viaje a la costa recién a eso de las 7 am. El asunto es que con su amigo hubo un cortocircuito: le mandé muchísimos mensajes, intenté llamarlo y nunca respondió. No tengo llaves.
Decido, cansancio a cuestas, buscar un hostel donde dormir unas horas.
El ex guerrillero me aconseja tomar un taxi hacia el centro o acompañarme, caminando, a algún hotelucho que quede por acá nomás, porque si no se le va a hacer muy tarde para ir hasta su barrio. Lo noto preocupado. Me dice que no está bueno que camine sola por esta zona.
Le digo que dale, que hagamos la de ir caminando. Total, me quedo en cualquier lado, me da igual: sólo quiero llegar y dormir un rato.
Caminamos en línea recta unas seis cuadras, siguiendo la vía del tren.
Llegamos a una calle repleta de casonas con carteles que indican ser hoteles. Justo en la esquina derecha hay una fuente donde se encuentran reunidos una decena de hombres que nos ven venir y se miran entre ellos como llegando a un acuerdo silencioso. Hay varios más dando vueltas por la cuadra, ofreciendo pasar la noche en un hotel u otro. Hablan bajo, mirando para los costados.
Entiendo que hay un propósito y somos uno de los blancos.
Me hacen acordar a unos personajes de mi pasado: esos tarjeteros de boliches al acecho, que observaban con sonrisitas ganadoras a quienes pasábamos cerca. Sólo que en una versión oscura… parecen más perseguidos que seductores.
Entramos a un hotel con banderas de muchos países alrededor, después de que uno de los tarjeteros nos lo sugiriera. No sé por qué, pero hay algo de las banderas que me genera confianza.
Es una casona antigua y, apenas asomando la mirada a través de la puerta principal, se ven unas luces rosadas colgadas en la pared, justo arriba del marco que da a un pasillo.
Nos reímos porque, claramente, se trata de un telo que, como no anda nadie, lo alquilan como hotel común.
El ex guerrillero me pregunta si quiero quedarme ahí.
Miro el mostrador. Un hombre está sentado al costado, mirando a un punto incierto en el horizonte. Se parece a Héctor “Tío” Salamanca. Es una quietud peligrosa, como si en cualquier momento pudiera acelerarse y alcanzarme.
Pienso en irme.
Pienso también que no chusmeé nada, que por qué estoy definiendo tan rápido si no me convence.
—¿Querés quedarte acá? ¿Segura?
Tardo en procesar. Siento el cansancio. Pienso que es bizarro, pero no va a pasar nada.
Digo que sí.
El tarjetero nos invita a seguirlo por un pasillo. Avanzamos. Tiene unos ocho metros de largo y, del lado izquierdo, hay tres habitaciones con las puertas abiertas. Adentro parece no haber nadie.
Al fondo, a la derecha, hay una puerta-ventanal que da a un pequeño patio interno. Lo atravesamos y seguimos por otro pasillo, un poco más largo, con puertas de ambos lados, esta vez cerradas.
La del final a la derecha es la mía.
—Es acá. Cualquier cosa acercate al hall.
El ex guerrillero deja mi mochila, me pregunta nuevamente si me quiero quedar y me ofrece dinero. Le digo que no, que estoy bien de guita, que sólo ando así de busca porque me gusta y porque administro los gastos, pero no estoy en la lona.
Me deja su teléfono, me dice que cualquier cosa lo llame, nos damos un abrazo y se va.
Me quedo sola.
El cuarto tiene una cama de dos plazas, una ventana minúscula arriba —de esas rectangulares con vidrio corredizo—, un ventilador de pie, un televisor encima de una cómoda de madera medio gastada —que, se nota, la pintaron de negro para disimular— y una puerta que da a un bañito.
Hay olor a encierro.
Las paredes son blancas y el cubrecama, salmón. No hay más decoración. Es un espacio austero, pero en buen estado.
No hay potes de shampoo ni jabones en la ducha. Tampoco hay casi sonido ambiente: al estar tan alejado de la calle, no llegan los movimientos.
Estoy al fondo del pasillo y la única salida al exterior es minúscula.
Mierda.
Si algo malo sucede, no tengo escapatoria.
Bueno. Tranquila. Focalizá en otra cosa. Disfrutá que te encanta lo bizarro. Cagate de risa. Date una ducha. Dormí un rato. A primera hora te vas a la casa de Santiago y listo.
Saco el shampoo y la jabonera, me preparo para el baño y empiezo a reírme de la situación. Me toco un poco las tetas, bailo con música imaginaria.
Salgo, agarro la bolsa de dormir y la tiro sobre la cama porque me da impresión apoyarme directamente.
Siento dos emociones contrapuestas: mucha alegría y mucho miedo a la vez. Algo así como adrenalina dosificada.
Me acuesto y le pido a mi papá, sea donde sea que esté, su energía. Que me acompañe. Que no permita que algo malo me pase.
Quiero soltarme.
No sé si pedirle a Dios, por las dudas.
Me acuerdo de la infancia. Me acuerdo del día en que estaba meta hablar con él desde mi cama cucheta y, de repente, me di cuenta de que en realidad hablaba con un cacho de algarrobo y un colchón.
Mejor no le pido nada a Dios.
Pienso en un montón de espíritus de espermatozoides a mi alrededor y me da un poco de asco.
Me pongo boca arriba y aflojo todo el peso. Cierro los ojos. No contengo nada. Respiro hacia la pelvis, abro las extremidades, relajo los párpados, dejo caer la mandíbula.
Tac tac tac.
Abro los ojos. Estoy en el cuarto. Cierto.
Me suena el celular. Mensaje de Santiago:
“Ya llegué. Pensé que iba a encontrarte acostada en mi cama :(”
Tac tac tac.
Alguien golpea la puerta, fuerte.
Me hago un bollito. Amago a preguntar quién es. Me quedo callada. Agarro el celular por debajo de la sábana para no hacer ruido ni luz.
6 am.
Tac tac tac.
Me tiembla todo. Me levanto y prendo la ducha para generar ruido. Empiezo a mandar mensajes y hacer llamadas. Intento con el ex guerrillero —no atiende— y con Santiago —tampoco— hasta que finalmente me llama.
Hablo bajito.
Cambio de estrategia: empiezo a hablar en voz alta. Digo que lo espero, que sí, que ya estoy lista, que venga rápido por favor. Corto, pero sigo fingiendo la conversación, bien cerca de la puerta.
Pienso con qué defenderme.
Tengo un cuchillo Tramontina desafilado. Lo puedo clavar con fuerza y girar, como un destornillador.
Miro el ventilador: puedo romperlo, sacar un aspa y clavársela en un ojo a alguien.
El televisor: puedo partirlo en la cabeza.
Pienso en abrir la puerta de golpe y salir corriendo.
Imagino a un tipo esperando del otro lado.
Imagino una red de trata.
Imagino al señor zombie verificando algo.
Imagino que sólo vienen a avisar del desayuno.
Imagino un error.
Imagino que no saben que estoy.
Imagino que es otro.
Imagino que es cualquiera.
Espero a Santiago sentada en la cama, con el cuchillo en la mano.
No registré la dirección cuando llegué, así que tarda. Sólo pude decirle: “hotel con banderas de muchos países, a unas seis cuadras de la terminal, siguiendo las vías”.
La luz del amanecer entra por la ventana minúscula.
Tac tac tac.
—Soy yo, tranquila. Abrime.
Giro la llave —la trabé con una sola vuelta, como aprendí alguna vez— y abro.
Lo abrazo.
Pienso que lo tiraría en la cama y lo cogería todo, pero quiero salir de ahí.
Agarro mis cosas, ya listas como un paquete de navidad.
Tac tac tac.
Cuando llegó y preguntó por mí, le dijeron que no había ninguna Florencia.
Tac tac tac.
Le agradezco. Miro el pasillo: atrás, el fin; adelante, los cuartos vacíos; el patio ahora luminoso; otro pasillo; en recepción, alguien que no reconozco; las luces rosadas en mi recuerdo; la puerta de entrada.
7 am.
Comentarios
Publicar un comentario