Sobre birras y bombachas

Esta es la hora en que me dan ganas de tomar cerveza helada. Voy a tener que caminar hasta el siguiente camping, uno que es organizado, porque en la despensa de éste, el abierto, no queda nada. Acá en el parque nacional los camping se dividen en tres: organizados (tienen luz, agua corriente e internet), agrestes (tienen agua corriente y luz moderadas) o abiertos (no tienen nada de eso). Tendré que caminar unos 50 minutos por camino de montaña, puedo hacer dedo, pero el día está lindísimo y en lo que va de mi estadía no he salido de la zona del lago, la verdad es que me gustaría recorrer un poco a pata. Con una mochila, agua, camperita por si refresca, protector solar y repelente voy a estar joya. Puedo llevar un par de bombachas también y aprovechar el agua corriente para lavar. Listo, hoy sí que salgo del rancho, el librito y tanto amor sedentario. Dale que salgo, eh. Hoy sí.

—Nos vemos, Ricki, todos los caminos conducen a la birra —le digo al hombre de la despensa.

Me encanta mirarme las zapatillas cuando camino, porque son bien grandotas y me hacen sentir poderosa, y si además me pongo a cantar o a escuchar música con los auriculares entro en una re linda y cuando me quiero acordar ya llego al lugar a donde estoy yendo. No es por acelerar el camino, no estoy apurada, es más bien todo lo contrario. Me molestan muchísimo los zumbidos de los moscardones, aparte son toscos, es como que te chocan e insisten en decirte algo. No me gustaría parecerme a un moscardón. Creo que a veces soy medio moscardón. Es un bajón porque ni estando sola una deja de verse en espejos. Bah, no sé si es un bajón... un bajón es el zumbido. Moscardón de mierda, hasta si corro va a alcanzarme. Aunque ojo, capaz que puedo despistarlo si amago a meterme entre los árboles. Me meto, subo al camino de nuevo, corro un poco, me meto de nuevo y subo. Tiempo. Mierda que cansa disuadir. Ahí está el cartel del camping organizado. ¡Ah! Voy a comprarme ya la birra. O pará, mejor aprovecho para lavar un toque las bombachas así se secan con lo que queda de sol. Siempre me pareció medio asqueroso acumular ropa interior sucia, pero no puedo dejar de hacerlo, las desparramo por la habitación, la canilla de la ducha, en mochilas... hoy día mi carpa tenía las seis bombachas que me traje al viaje, acumuladas en un vértice, sólo me quedaba la malla en condiciones (a esa la mantengo regia porque la uso todos los días). Me olvidé el jabón. ¡Me olvidé el jabón! Concha. Debe haber alguno por ahí, voy a buscar alguno usado en el baño del camping. Sí, de una, voy a tener suerte. Abro una cortina. Nada. Abro otra. Nada. Abro la última. ¡Viva Perón, hay un cachito de jabón Dove! Debe haber sufrido la piba, conseguir un jabón de estos en el parque nacional es casi misión imposible. Lo voy a distribuir en cada bombacha así garantizo que no quede ninguna sin jaboncito. Estoy re chocha. Me pega el sol en la cara, tengo agua corriente y de repente no tengo que cargar baldes para lavar afuera del lago o lavar ahí y después bancarme la culpa de haber contaminado. Está bueno esto, lo que no cambio por nada es mear y cagar en la tierra como un perrito, siento que disfruto más y que abono a una especie de compost inmenso. Lo único incómodo es esconderse de las personas porque, qué sé yo, hay cierto código de no mostrarse en esa situación. En los baños comunes siempre me imagino la cara de quien genera el ruido del pis que escucho desde el inodoro vecino, si estará haciendo equilibrio, si le costará hacerlo, si se apoyará en la tabla impunemente, si le estará errando al agujero y es de esas personas que deja gotitas y no las limpia, etcétera.

—Querida, ¿qué estás haciendo acá? Vos no sos del camping, no podés lavar tus cosas, andate ya mismo —me dice un tipo que parece ser el dueño.

Yo tengo tres bombachas todavía con jabón y las otras están colgaditas en una baranda de madera que bordea el sector de sanitarios y lavaderos.

—Vine a tomar una cerveza, caminando desde un camping lejano, y me pareció una oportunidad piola. Ya ya ya termino —le respondo.

Parecen darle tanto asco mis bombachas que se va, no me dice más que un gesto repulsivo. Debo admitir que me dio un poco de vergüenza, como que tengo cierta sensación de haber corrompido la ley, pero no sé, pesaron más mis ganas de lavar al sol y correr el riesgo de ser marcada. El tipo está parado a unos metros hablando con alguien y me mira de reojo. Yo me apuro a terminar con las dos bombachas que me quedan, cuando lo veo acercarse caminando rapidísimo y moviendo el dedo.

—Te dije que te vayas, andate ya mismo, te dije que te vayas, ¿no entendés el castellano?

Mientras me habla yo friego como nunca antes, lucho con la vergüenza y el orgullo. Le doy duro como si esa bombacha que me queda por lavar tuviera marcas impregnadas de toda una vida y las otras, ahí colgaditas, nos miraran haciendo el aguante. Se me acerca un poco más y cierro la canilla.

—Ya está, terminé, no faltaba tanto, listo, me voy, ya está.

Camino rapidísimo, quiero que me pierda de vista, me meto por la zona de carpas, se me nubla la percepción. Esquivo las sogas para el viento, me llevo puesta una olla, le digo hola a un grupo de chicas que toman mate, escucho que el tipo sigue gritándome, pero camino, camino, camino hasta que llego a un lago y me tiro boca arriba en la arena.

—Piba, ¿estás bien?

Miro para arriba y veo la cara más hermosa que vi en mi vida. Mirada tierna, piel tostadita, pestañas arqueadas, nariz de griego, bigote y barba, boca de periodista picante.

—Piba, ¿todo bien?

—Sí, me acaba de pasar algo muy estúpido que me generó una reacción intensa y acá estoy. ¿Me viste correr recién? Un tipo que creo que es el dueño me encontró lavando bombachas y me echó, pero no me fui hasta terminar de lavarlas —continúo, y me doy cuenta de que después de esto no hay vuelta atrás—: ¡Mirá, acá están las bombachas! Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis. Las había acumulado y aproveché que acá hay agua corriente.

No sé qué me pasa, no puedo parar de hablar, le cuento todo, siento que puedo hablarle hasta de cuál es mi preferida y por qué, de cuál suele tomar olor feo, cuál me aprieta un poco, cuál quiero tirar. Se caga de risa, me está mareando de amor.

—Che, acá con mis amigos estamos preparando vino caliente con canela, capaz que te ayuda a distender un poco de la secuencia, no sé. ¿Querés sumarte? ¿Probaste alguna vez? —me pregunta.

—Wau, no.

—¿No venís?

—No probé.

—¿Te gustaría probar entonces?

—Sísísí, y si llega a aparecer el vigilante pueden ayudarme a disimular, ¿no?

—Obvio.

Me ayuda a levantarme del piso y señala un punto hacia la izquierda y atrás. Veo un fueguito a unos metros y distingo el arpegio de Blues de la libertad de los Redondos en la guitarra.

—Ella es... —dice, y me hace gestito como de “continuar” con la mano.

—Paula, ¿y vos cómo te llamás?

—Camilo. Tomá, le damos directo de acá nosotros, pero si preferís te consigo un vaso —me pasa una olla, sosteniéndola con un repasador por si todavía quemaba un poco.

—No, no, así está bien —le digo—, me encanta, el olor es una cosa divina. Uf, esto es riquísimo. Ah, no, es impresionante.

—¿Viste lo que es, boluda? Echamos el vino, le ponemos unas cucharadas de azúcar y canela y ahí va directo al fuego lento. Es un viaje de ida, peor que el maní japonés con la birra del atardecer.

Ok, qué lindo es. Me quedo mirándolo fijo sin hablar. Le miro la boca, pienso en un maní crocante y sabroso, tipo de queso o pizza, me pierdo en las rayitas verdosas de su iris, me veo reflejada con una sonrisa plena y boba, entonces me rescato y le digo:

—Sí. La verdad que logra una contundencia zarpada la combinación del vino caliente y la canela, es como la personificación de la palabra presencia, algo que te atraviesa el paladar y permanece nítido en la memoria gustativa.

Camilo me mira y sonríe, sonríe tanto que me recuerda a mí misma recién, en sus ojos.




Comentarios

Entradas populares