Jardín silvestre
Guardo en mí momentos de amistad:
La desinteresada simpatía con un nene al momento de inventar juegos, convertirnos en piratas, detectives o enanitos de blanca nieves. Esa expresión primera del placer y gusto de estar con otrx.
Guardo las charlas infantiles sobre lo que después supe que eran dilemas existenciales. La conexión especial con quienes podía hablar así, en intimidad.
Pienso en amistad cuando recuerdo horas extensas desplegadas de animosidad compartida... noches en la cocina hablando sin pausa y riendo bajito mientras las madres dormían.
Amistad en forma de chocolatada licuada al salir de la escuela (sorpresa para mí, ¡y que encima le pusiera hielo!). Hallazgos cotidianos en manos de afectos, algunos, que dejaron de existir como tales.
Siento, entonces, la amistad como una huella de personas con quienes en distintas circunstancias hemos conectado y acompañado, y pienso, a partir de eso, en cómo se han dado las muertes de quienes supimos morir.
Veo en ello dolor, risa y belleza: me han pegado una cachetada graciosísima, me han mirado con desdén, he apabullado afectos sin querer en momentos de desequilibrios mentales/emocionales. Me han frustrado algunas personas; he anunciado: “si no me mostrás en hechos que te importo, prefiero no seguir vinculándome con vos”; he lastimado con mi frontalidad. Nos hemos mentido, cagándola. Me han idealizado y me he hartado de eso, yéndome. Tantos finales, y ninguno con la capacidad de inhabilitar lo que encendió una chispa en mí.
Me gusta pensar que, entre tantas otras historias, estoy hecha de esos fragmentos de amistades, de esas marcas en el cuerpo y recuerdos más o menos nítidos.
Caminatas por la ciudad. Rancheadas en el pasto de cualquier plaza. Vaquitas para comprar la merienda. Colas para entrar a bailar cumbia en la matiné. Peleas incómodas. Aventuras artísticas de todo tipo. Encuentros viajeros. Jornadas de estudio. Reflexiones filosóficas, sexuales, amorosas, sin fin. Acompañamientos en la tristeza. Baldazos de realidad. Comida, mucha comida. Borracheras icónicas. Música siempre. Regalos celebrando la existencia. Derrapes, disculpas y gatos.
Yo no sé, pero me fascina sentir que con aquellxs con quienes conectamos hoy podemos mañana no conectar más, y que, a menos que pierda mis memorias, no importa lo que pase y cómo mutemos, siempre voy a alojar en mi cofre de afectos y agradecimientos lo vivenciado juntes. Porque sé que si me abro a elles, es porque algo me encendió de amor y curiosidad y sentí un fuego compartido, algo genuino con sentido de ser cuidado. Es por eso que no me importa que estemos juntxs para siempre, sino que lo que tengamos esté vivo y sea cuidado como un jardín silvestre. Sin obsesiones, pero con admiración y atención implacables.
En este día y todos los días, acá estoy para ustedes. Gracias eternas y salú, My Friends de todos los tiempos.
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