La arquitectura de mi soledad
Estoy tan triste que vuelvo a una de las últimas charlas con mi papá.
Se me arma un paralelismo: el escenario nublado y húmedo de este semi feriado en Plaza Rocha, y el living de mi abuela, una tarde de hace 15 años, con las persianas apenas abiertas.
Yo estoy ahora pensando en los sentidos de las compañías y habitando el desánimo. Él está pasando hojas de un diario, hablándome de que podés confiar en muy pocas personas.
Las pausas que hago yo para cebarme mate y mirar alrededor se parecen mucho a los silencios entre sofás enfrentados y su mirada perdida entre tintas.
“Yo no quiero vivir así, hija”, dijo en uno de esos silencios.
Son palabras que hoy escucho con una claridad que estremece. Quizás las que todavía me permiten recrear su voz en el desgaste de los años.
¿Por qué vuelven? Me hablan claro cada vez que me siento desencajada de mis días.
Lejos de ser una tentación suicida, pienso, me generan tremendas ansias de vivir desplegando mis potencias. Y de estar tranquila conmigo misma. Y de hacer feliz a otros.
Me siento muy sola a veces. Y eso me entristece.
Pero en esta, mi tristeza, me digo: sí, lo estás. Antes que nada sos vos con vos.
Y recuerdo que siempre amé la arquitectura de mi soledad.
Pero se vuelve densa cuando todos miran y nadie entra.
Me pregunto qué diría mi viejo. ¿Que la vida es corta, que haga lo que se me cante? ¿Que no sea tan dramática? ¿Que me abra una cerveza?
Comentarios
Publicar un comentario