Una aventura digna
Me siento sola. Extraño que me quieran tanto como para inmiscuirse en mis coherencias y derivas, en mis teorías y contradicciones, en mi inteligencia y mi ignorancia, en mi gracia y mi angustia, y que todo eso sea sentido como una aventura digna de ser vivida. Extraño que alguien se arroje a conocerme y me elija.
Me siento tonta por desear tanto volver a sentir que soy una aventura digna para alguien. Nunca me importó el romance eterno, esa clausura del deseo en función del tiempo. Pero siempre me gustó encontrar el romance, vivir su muerte y luego encontrar uno nuevo. He tenido suerte con eso: hermosos nacimientos y muertes, cada relación con sus singularidades, cada búsqueda con su manera de compartir.
Los momentos sin romance, en los que mi deseo está desligado de otros, han sido y siguen siendo claves para mi soledad. Para estar bien conmigo y con los demás. Realmente disfruto de esos momentos, pero nunca habían durado tanto como ahora. Lo que siento hoy es distinto. Por primera vez, o al menos con tanta intensidad, tengo miedo de no volver a experimentar ese arrojo, esa elección mutua. Más allá de vivencias nuevas y nutritivas, hay algo en mí que observa la soledad y anhela ser deseada otra vez y correspondida.
Sin restarle valor a los encuentros sexuales, me resulta fácil perder el interés cuando no hay esa corriente compartida que impulsa la curiosidad de conocerse en sentido amplio. Si percibo que del otro lado solo hay diversión sexual, me siento como una viajera con un paquete de recorrido, días, horarios y costos fijos. Todo controlado. Con topes. Sin curiosidad, sin el “qué pasaría si nos arriesgamos por acá o por allá”. No me siento aburrida; me siento vacía.
Y sé que, cuando siento eso, es raro que surja algo más profundo y pregnante después. A veces puede aparecer un cambio si el otro se abre a nuevas vivencias, pero no suele pasar. Cuando detecto superficialidad o falta de entusiasmo, sé que no voy a permanecer.
Soy alguien que honra el permanecer. Siempre y cuando el deseo esté encendido y tranquilo. Pero estas situaciones no me encienden ni me generan calma. Me divierto al principio, a veces me ilusiono un poco, pero si percibo que no voy a ser importante para el otro, o que siempre me verán desde un mismo plano, dejo de sentirme a gusto y me voy.
No sé si debería intentar darle una vuelta a esto, permanecer un poco en la inestabilidad si aparece, o replegarme y reservar mi energía para un encuentro con alguien dispuesto a conocerme (o a re-conocerme y elegirme desde otro lugar, incluso si ya hubo una historia previa).
Lo que más extraño es ser una aventura digna para alguien. Lo extraño un montón. Me encantaría poder concentrarme solo en mis otros deseos y no darle tanta bola a esto, pero este contexto de mierda me vuelve romántica y pesimista.
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